Eric

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Después de una ardua sesión de ejercicios me propuse tomar una ducha de agua fría antes de regresar a casa. El área de las regaderas se encontraba vacía, aún así me dirigí hasta el cuarto del rincón pues este ofrecía un poco más de privacidad. Parecía necesitarlo, las fuertes descargas de adrenalina levantando pesas y haciendo ejercicios cardiovasculares hicieron que la sangre fluyera libremente por mi cuerpo provocando que mi miembro viril alcanzara su estado de engrosamiento en más de una ocasión y tuve que hacer malabares tratando de ocultarlo bajo mis ropas holgadas.

Me metí bajo el chorro de agua fría en busca de alivio a mi excitación; sin embargo fue contraproducente pues la caricia del fresco líquido sobre mi cuerpo empeoraba las cosas.

ensuenosAprovechando que estaba solo cerré los ojos y comencé a tocar suavemente mi cuerpo mientras me enjabonaba. Al acariciar mi pecho me percaté de la dureza de mis pezones; atrapé uno de ellos entre mis dedos y lo apreté ligeramente, luego hice lo mismo con el otro. Después me enjaboné el cuello, los brazos, y de allí salté al abdomen. Puse especial atención en el abundante nido de vellos que cubre mi área genital, y sin poder evitarlo hice contacto con esa masa de carne que palpitaba en mi entrepierna. La tomé con mis dos manos y comencé mi tarea masturbatoria; la abundante espuma del jabón hacía la caricia más placentera; la adrenalina seguía fluyendo por todo mi cuerpo transportándome a las entrañas de la lujuria. Sostuve mi erección por el tronco dejando que el chorro de agua cayera directamente sobre la punta. Mi cuerpo comenzó a temblar; la mente me exigía cordura pero mi necesidad de desahogo era más fuerte.

De pronto escuché un ruido, acompañado de voces. Me di vuelta rápidamente hasta quedar de frente a la pared. El grupo de muchachos provenía de la clase de karate que recién terminaba.

A pesar de haber perdido la concentración en mi juego me di cuenta que la erección no había disminuido. Pensé en salir de la regadera y utilizar la toalla para cubrir mi erección, pero de todas formas se darían cuenta cuando tuviera que vestirme frente a ellos. Permanecí inquieto en mi lugar y con alivio me di cuenta que todos comenzaron a irse. Al cabo de unos minutos sólo se escuchaba el leve rumor de alguien que se estaba desvistiendo, y después oí que se acercaba.

Seguí de frente a la pared tratando de ocupar mi mente en algo que me ayudara a relajarme. Fue entonces cuando escuché una voz conocida:
“Hola. ¿Qué tal los ejercicios de hoy? Te busqué para que hiciéramos una rutina juntos pero vi que ya no estabas” me dijo.
Cuando volteé vi a Eric. Hacía ya unas semanas que lo había conocido; cuando no tenía la clase de karate se ponía a levantar pesas, y nos ayudábamos mutuamente cuando era necesario.

Me inquietaba su presencia; su físico me volvía loco. No sé qué era lo que más me atraía de él, su cuerpo deliciosamente musculoso, o su bello rostro angelical con una mirada tan profunda que parecía leer lo que yo estaba pensando. Despertaba en mí todo tipo de fantasías. Me imaginaba plantado frente a él besando con pasión sus jugosos labios, pasando una mano por su ensortijada cabellera mientras su mirada parecía suplicar que lo poseyera.

Vino a mi memoria aquella tarde en que le estaba ayudando a levantar las pesas sobre la banca. Mientras él permanecía acostado, yo estaba parado con las piernas separadas para tener más soporte. Mi entrepierna quedaba justo por encima de su cabeza. Sus pectorales se abultaban al máximo bajo la presión de las pesas. La playera se le fue subiendo hasta dejar al descubierto su abdomen plano. Durante las contracciones de éste pude notar que se abría un hueco justo por debajo del elástico de su short. Descubrí que no traía ropa interior y en una de esas contracciones llegué a ver más allá de su bajo vientre. Se le asomaba un cúmulo de vellos dorados que adornaban la base de un miembro de buen grosor.

En respuesta a lo que estaba viendo sentí una ligera presión en mi entrepierna y me di cuenta que mi miembro comenzaba a pararse. Avergonzado dirigí la mirada hacia otro lado hasta que mis ojos se encontraron con su mirada. Noté incluso que se pasaba la lengua por los labios mientras me sonreía abiertamente. No supe definir ese gesto, pero me dejó inquieto y confundido.

Ahora lo tenía allí al lado mío completamente desnudo y alistándose para un regaderazo. Me pareció sentir su mirada sobre mi cuerpo, haciendo que me pusiera todavía más tenso. Traté de actuar con naturalidad pero no podía mirarlo de frente sin evitar que él se percatara de mi erección. Volví a enjabonar mi cuerpo mientras seguíamos platicando.

Tan ensimismado estaba en ocultar mi “problema” que no me di cuenta que Eric se había acercado; de pronto sentí sus fuertes manos posándose sobre mis glúteos. Cerré lo ojos y me dejé llevar. Luego de unos segundos noté que Eric se pegaba a mi cuerpo. Su miembro completamente rígido se enterró entre mis piernas. Me pasó uno de sus brazos hacia enfrente hasta aferrarse a mi palpitante daga. Mi cuello se vio asaltado por la pasión de sus labios. Hubiese querido voltear en ese instante y saborear al fin el sabor de sus besos, sin embargo dejé que él fuera llevando el control de la situación. Sólo mi mano fue capaz de hurgar entre nuestros cuerpos hasta hacer contacto con su engrosada columna, que era más grande y gruesa de lo que había imaginado. Después de acariciarla por un tiempo la volví a colocar entre mis glúteos hasta que sentí que la punta ejercía presión tratando de introducirse en mis entrañas. Tan embriagado estaba por sus caricias que hubiese querido dejarme penetrar por ese puntal candente allí mismo, sin más preámbulos.

Mi cuerpo temblaba por la emoción, las fuerzas me iban abandonando, sólo nos detuvimos al darnos cuenta que la tentación nos podía derrotar. Me di la vuelta hasta quedar frente a él. Su penetrante mirada me hipnotizó, me perdí en la profundidad de sus ojos.

Lo observaba engolosinado mientras acerqué mi rostro y por fin pude libar el dulce néctar de sus labios que se ofrecían virginales a la furia de mis besos. Lo besé con tanta pasión que parecía causarle daño. Era tanta la necesidad de sus besos que nada podía aplacar mi sed. Lo besé en la boca, en la punta de la nariz, en sus ojos, quería comerme a besos ese rostro que tantos sueños me había inspirado.

Cuando creí tener suficiente comencé a descender por su cuello y su pecho. Hice una pausa para contemplar la belleza de sus pectorales; con mis manos acaricié la firmeza de sus brazos, metí la cabeza por debajo de éstos e inhalé el intoxicante aroma de su masculinidad. Caminé alrededor de él para poder admirar los músculos de su espalda. Descendí por su columna vertebral hasta que mis labios hicieron contacto con los montículos de su trasero. Introduje la lengua por entre sus glúteos y enterré mis dientes en la sedosa carne de su trasero. Lo sentí estremecerse ante la caricia, y volví a atacar con más furia.

Continué explorando su cuerpo. Bajé por sus piernas y restregué mi mejilla sobre la tersa piel carente de vellos. Poco a poco fui separando sus piernas y hundí mi rostro por en medio de ellas. Mis labios hicieron contacto con los testículos; los lamí lentamente mientras me acomodé hasta quedar hincado frente a él. Su columna se erguía amenazante ante mis ojos, estudié la exquisitez de su anatomía fálica, las dimensiones de ese miembro poseían supremacía absoluta, cada curva, cada línea, cada vena, ensalzaban la perfección de su forma. La tomé entre mis manos y acaricié la punta con mi lengua. Después envolví con mis labios la cabeza circuncidada hasta que sentí que Eric trataba de meterla toda. Las dimensiones de ésta dificultaban mi labor, sin embargo me las arreglé para poder darle la satisfacción requerida.

Dejé que él volviera a tomar control de la situación. Su miembro erguido entraba y salía con estocadas más profundas y aceleradas. Hizo una pausa, me pidió que me levantara y se colocó a mi espalda. Se hincó y comenzó a besar mi trasero. Después se levantó y puso su columna entre mis glúteos. Fue ejerciendo presión sobre la entrada, mientras me susurraba al oído que ya no podía más, que me quería poseer.

Nos terminamos de bañar, nos secamos y seguí a Eric al área de los casilleros. De su maleta sacó un par de condones, se colocó uno y se acostó sobre una banca. Me subí a ésta y quedé encima de él. Fui descendiendo poco a poco hasta hacer contacto con su erección. Esa posición me permitía tomar el control del ataque. Me fui introduciendo poco a poco su miembro. El ansia de ser poseído por ese adonis facilitaba la penetración; sin embargo tuve que hacer dos o tres pausas hasta poder dar cabida a toda esa masa de carne viva.

Cuando sentí que la había introducido toda, comencé a cabalgar sobre su cuerpo. Sus manos se aferraban a ambos lados de mi cintura ayudándome a elevar un poco para después volver a caer. La inclinación de mi cuerpo sobre el de él hacía que mi miembro quedara atrapado entre nuestros abdómenes; la fricción que esto producía, aunado a las sensaciones placenteras de la penetración, fueron mermando mis fuerzas. Mis movimientos se hicieron cada vez más impetuosos hasta que en medio de espasmos incontrolables comencé a expulsar la lava viscosa que hervía en mis entrañas.

Notando que Eric se encontraba también al borde del éxtasis no dejé de moverme sobre su cuerpo hasta que sentí que se cimbraba ante la magnitud del orgasmo. Las convulsiones de su cuerpo transmitieron sus descargas a todo mi ser alargando unos segundos la experiencia del orgasmo logrando así llegar juntos hasta la cima de la lujuria carnal.

En el momento cumbre las manos de Eric se aferraron a mis pectorales, sus uñas se enterraron con arrebato marcándome la piel con las huellas de la pasión. El deseo por tanto tiempo contenido se desbordó provocando en nosotros el más profundo de los orgasmos. Al tiempo que era atacado por el tremor de mis convulsiones, sentía que Eric se estremecía con la furia de la tormenta. Una y otra vez su cuerpo se arqueaba sobre la banca y de un empellón volvía a introducir su daga punzante en lo más profundo de mis entrañas. La experiencia parecía no tener fin. Me abalancé sobre su rostro y lo besé con pasión infinita. Nuestros labios permanecieron unidos por largo tiempo mientras nuestras respiraciones agitadas volvían a la normalidad.

Regresamos a las regaderas, tomamos una ducha rápida; nos vestimos y salimos de ese lugar para después dirigirnos a su apartamento, en donde nos esperaba una larga noche de pasión y desenfreno.

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