Por: Mostro Vacci – Photo by: Leo Lintang | Dreamstime.com
Es increíble lo que hace uno con tal de ser aceptado. Las historias de terror son incontables. Parece mentira, pero los límites de lo que estamos dispuestos a aceptar con tal de tener a alguien a nuestro lado son cada vez más borrosos. Conveniente para ellos, desastroso para nuestra autoestima. Y al final, casi siempre terminamos perdiendo la batalla porque cuando ya no tenemos lo que la gente quiere de nosotros, nos abandonan al instante como la basura de ayer…
La soledad es algo muy pesado, es una compañera engañosa que te hace creer que no vales nada con tal de que le dediques todo tu tiempo a ella. Es asquerosa, mentirosa, manipuladora y dice lo que sea con tal de obtener lo que quiere. Si la pensamos bien, es lo mismo con algunas personas. Son como vampiros emocionales. Te usan, te absorben todo lo que necesitan y cuando te mueres, simplemente se mueven como todo parásito hacia la siguiente fuente de su nutrición, porque al final del día nosotros no tenemos valor alguno para ellos.
El problema no es que haya personas así en el mundo, sino que hay personas que las dejamos crecer con nuestra vitalidad. Dejamos que se nos peguen y nos chupen la sangre como garrapatas y nosotros hasta les agradecemos porque nos dedican el tiempo necesario para usarnos. Ignoramos completamente que nos están matando (porque sí lo sabemos), y todo con tal de no sentirnos solos. Con tal de no aceptar que nos tenemos a nosotros mismos.
El mundo nos entrena para ser complacientes. Para decir que sí por miedo a ser rechazados, a que no nos quieran, a que no nos busquen, a ser considerados inútiles. Creo que no hay peor sensación en la vida que sentirte obsoleto ante las personas que amas, por eso muchas personas lo usan en tu contra. Te piden algo y si dices no, te preguntan por qué no y te insisten, creando esa sensación incómoda que uno hace cualquier cosa por no sentir, lo hacen en público para que sientas la presión y no te atrevas a negarles lo que quieren, todo bajo la silenciosa amenaza de quedar como el malo si no lo haces.
Pero decir que no es un lenguaje de amor. Uno propio. No, no quiero salir. No, gracias, no tengo ganas. No, no me gusta esa comida. No, gracias, no quiero salir contigo. No, no me gustas. No, no te voy a decir por qué no quiero, simplemente no quiero. Cuando se da una negativa la conversación se termina, no es tiempo de trabajar las objeciones como si fuéramos un agente de call center. Cuando no quieres hacer algo, no se hacer y punto. PUNTO.
Y no quiere decir que eres grosero, no necesitas serlo ni gritarlo. La seguridad de tu voz es suficiente para dar a entender claramente que tu decisión está tomada y es final. Si no lo respetan, no te van a respetar nunca, y si no te das a respetar, menos lo van a hacer. Puedes decirlo con elegancia y educación y no cambia tu respuesta. Si no quieres salir, no salgas. Si no quieres prestarle dinero, no le prestes, si no quieres hacerle el favor, no lo hagas. Los demás tienen que aprender que tu decisión es la que cuenta y nadie lo puede hacer por ti, pero es aún más importante que lo recuerdes tú.
No dejemos que nadie nos robe nuestra luz para adornar su propia casa. El mundo nos necesita cuando somos útiles: cuando necesitan algo de nosotros, una decoración, un viaje en tu carro, un diagnóstico, una declaración de impuestos, una entrada a una escuela, un consejo, pero el momento que necesitas algo o dejas de tener valor para esas personas, el silencio es abrumador. ¿Alguna vez te has sentido triste y no tienes ni la más mínima idea de a quién le puedes contar? Exacto.
¿Dónde están cuando tú necesitas algo, cuando la soledad está gritando en tu oído que no eres nada y que todo lo que haces es una pérdida de tiempo porque a nadie le importa? ¿Dónde están a las tres de la mañana cuando necesitas ir al hospital y te estás preguntando quién va a encontrar tu cuerpo si te pasa algo porque si lo les llamas tú no te buscan porque son “amigos distantes”, de esos que solo aparecen cuando se les atora algo, pero siempre están ocupados? O los que te dejan en visto, o peor aún, ni siquiera abren tus mensajes (poque solo ven que es tuyo y lo ignoran). Eso es lo que vales para esas personas, las micras de segundo que toma ver tu nombre y quitar el mensaje de la pantalla para caer en el olvido.
Podemos contar con nosotros. Los demás son cuestionables. No podemos dejar que nos roben lo hermoso de nuestra esencia porque no sabemos cómo valorarla. Veamos a esa persona del espejo y agradezcamos que a pesar de todo no se ha rendido. Que pase lo que haya pasado, ha sobrevivido y venga quien venga a decirnos lo contrario, somos lo más valioso que tenemos, ¡Y SOMOS SUFICIENTE!
Dejemos de vernos con los ojos de otras personas porque no cuentan con el conocimiento ni la experiencia necesaria para calificarnos, no han visto lo que nosotros hemos visto ni hay pensado nada por en nuestro lugar. Solo nosotros hemos sentido nuestro corazón romperse por cosas que otros consideran ridículas y nos recomiendan que le “echemos ganas” porque todo va a estar bien. Quizá lo estará, pero de momento no se siente así, y es válido. Siempre llegará la alegría porque nosotros la creamos entre dolores y heridas. No traeremos la luz, ¡somos la luz! Dejemos de opacarnos para no encandilar a sus demonios. “Cuando el diablo me dijo que yo no podía con la tormenta, le contesté al oído que yo soy la tormenta…”
Desatemos los vientos y que se derrumbe el mundo que conocemos bajo la fuerza que contenemos, total, haremos uno nuevo lleno de colores…
Y ustedes, darlings, ¿qué opinan? Compartan… si se atreven…
Saludos afectuosos.
Mostro.

