Artículo y foto por: Martínez Páramo
Hay bastante evidencia histórica de que las élites económicas y políticas desarrollan sistemas de valores y de juicio que difieren significativamente de los de las clases populares. Pero no son solo sistemas de valores distintos, muchas veces son contradictorios e incluso cínicamente opuestos.
Las clases dominantes tienden a adoptar una moral que está basada en lo que les resulta útil, práctico y conveniente, con el fin de mantener su estatus, preservar sus privilegios y afianzar su dominio. Para ellos, lo esencial no es lo ético, sino lo estratégico: no actúan guiados por principios morales ni por un sentido de justicia, sino por aquello que les resulta ventajoso para mantener o ampliar su control, su influencia o su riqueza. En cambio, las clases trabajadoras suelen moverse en marcos morales más ligados a la solidaridad, la reciprocidad y la justicia social, pues su supervivencia depende de ello.
No es raro que miembros de las élites hablen de: “esfuerzo”, “mérito” y “disciplina” mientras ellos heredan fortunas, manipulan leyes o mueven dinero en paraísos fiscales. Por ejemplo, un pobre que roba pan es criminal. Un banco que roba millones no enfrenta castigo porque es demasiado grande para caer. Su tamaño lo convierte en intocable y su impunidad es la prueba del poder absoluto que ejerce sobre el sistema. Esto no es solo hipocresía, es una moral moldeada por su estatus; una ética del privilegio que justifica y legitima su posición en la cima.
En muchos casos, el poder económico permite un desapego moral. Un multimillonario puede financiar guerras, destruir ecosistemas, o explotar a miles de trabajadores, mientras patrocina una fundación “filantrópica” que mejora su imagen pública. Esta separación entre actos y consecuencias reales es posible gracias al poder. Las élites también moldean lo que las clases bajas entienden por “moral” a través de los medios, la educación y la religión. De esta manera, las clases populares pueden llegar a interiorizar valores que van en contra de sus propios intereses, por ejemplo: “si eres pobre es porque no te esforzaste lo suficiente”.
En contextos autoritarios o corporativos, la moral dominante no se orienta hacia el bienestar colectivo, sino hacia la obediencia, la jerarquía y la eficiencia. Los jerarcas moldean una ética que funciona solo para los que tienen el poder: lo correcto no es lo justo, sino lo útil para conservar el control. La lealtad sustituye al pensamiento crítico y la disciplina importa más que la equidad. Así, la ética deja de ser una brújula de justicia para convertirse en una herramienta de mando: un código diseñado no para proteger a las personas, sino para perpetuar estructuras de dominación.
En la Edad Media, los poderosos gobernaban por derecho divino
y se divertían con impunidad. Los castillos no eran solo fortalezas políticas, eran también espacios donde se practicaban placeres que hoy serían inaceptables. El privilegio no solo consistía en mandar, sino también actuar al margen de la ley con total impunidad.
En los banquetes de la realeza, era común la presencia de bufones con deformidades físicas. Personas con enanismo, joroba, parálisis o atributos específicos, eran compradas o criadas como propiedad para el entretenimiento de los oligarcas. Se les obligaba a bailar, imitar a los nobles o ser el blanco de bromas crueles. Algunos reyes los mantenían como “mascotas humanas”, como en el caso del rey Felipe IV de Francia, quien, según fuentes de la época, tenía “monstruos de feria” que comían en el suelo del salón. Hoy eso sería considerado abuso, tortura y esclavitud.
Muchos señores feudales y miembros del alto clero organizaban fiestas nocturnas con esclavas sexuales, especialmente durante festividades paganas convertidas al calendario cristiano (como el Carnaval). Las crónicas de las cortes italianas renacentistas ya hablaban de festines con jóvenes desnudos, concursos obscenos y “libertad carnal sin pecado” entre los más poderosos.
En la Edad Media, los señores feudales ejercían el llamado jus primae noctis, un “derecho” que les permitía tener relaciones sexuales con las esposas de sus siervos en la noche de bodas. Esta práctica no era un simple rumor ni una leyenda, sino una manifestación concreta del poder absoluto que ejercían los poderosos sobre sus subordinados. Más allá de la autoridad política y económica, los señores reclamaban incluso el control sobre los cuerpos de quienes vivían bajo su dominio. El jus primae noctis negaba a los campesinos la libertad y el derecho a la intimidad; sus cuerpos eran considerados parte de las posesiones del señor y estaban sometidos a su voluntad y abuso. Esta imposición revelaba la brutalidad del sistema feudal, donde el sometimiento era total y la dignidad humana quedaba pisoteada en aras del poder.
Este sometimiento se manifestaba a través de una violencia simbólica y real contra la dignidad de los más vulnerables. Esta imposición no solo violaba cuerpos, sino que también reforzaba un sistema social basado en la desigualdad y el control totalitario, dejando claro que, bajo el feudalismo, la libertad y la autonomía eran privilegios reservados exclusivamente para la élite dominante.
Se ha documentado que ciertos señores feudales, especialmente en Europa del Este, practicaban cacerías humanas con prisioneros o siervos fugitivos como presa. Estas prácticas eran castigo y diversión. El conde Gilles de Rais, un noble francés, barón de Rais y conde de Brienne, compañero de Juana de Arco y luego condenado por asesinato y abuso de niños, organizaba rituales satánicos y cacerías en sus tierras. Fue ejecutado en 1440 tras confesar el asesinato de más de 100 menores, muchos traídos con la promesa de servir en su castillo.
Las ejecuciones públicas no eran solo castigos: también se convertían en espectáculo. Reyes como Eduardo I de Inglaterra o Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico organizaban ejecuciones elaboradas durante días de celebración, donde los métodos más crueles (decapitación, descuartizamiento, empalamiento) eran parte del “programa”. En algunos casos, incluso los miembros del clero asistían con sus séquitos, y se ofrecía comida y música para la nobleza mientras el pueblo observaba. A veces, los prisioneros eran mantenidos con vida para ser objeto de burlas antes de su muerte.
Lo escandaloso no es solo que estas prácticas existieran, sino que fueron normalizadas por siglos, protegidas por la fe, la nobleza de sangre y el temor al castigo divino. Hoy, muchas de estas “diversiones”: el tráfico de personas, el abuso sexual, la esclavitud y la tortura, son crímenes atroces. Pero en la Edad Media, eran el rostro desnudo del poder absoluto. Estos entretenimientos en su época no escandalizaban a nadie, pero hoy son delitos que revelan cuánto ha cambiado la sociedad y nuestra conciencia… o quizá solo nuestra forma de ocultarlos.
Lo peor no es que esas prácticas existieran en el pasado, sino que hoy continúan bajo otras formas, protegidas por quienes detentan el poder. Jeffrey Epstein no fue un desvío del sistema, él fue uno de sus productos más fieles. Su caso no revela una anomalía, sino una continuidad histórica disfrazada de modernidad. Como en los castillos feudales donde los señores ejercían poder absoluto sobre los cuerpos ajenos, Epstein construyó su propia corte perversa en una red de mansiones, islas privadas y aviones, donde el abuso dejó de ser un secreto y se convirtió en una práctica sostenida por el silencio cómplice del poder.
Epstein fue protegido no por sus méritos, sino por su utilidad. Conocía los códigos de la élite: sabía a quién invitar, qué ofrecer, qué grabar, qué callar. Funcionó como un mediador del deseo impune de los poderosos. Su círculo no se componía de marginados, sino de príncipes, banqueros, expresidentes, académicos y celebridades. Su fortuna no vino de ideas brillantes o innovación, sino de conexiones, favores, chantajes y un sistema que lo amparó mientras traficaba menores bajo el disfraz de filántropo y asesor financiero.
El caso Epstein es la versión contemporánea del jus primae noctis. No fue una práctica escrita en códigos legales, sino un contrato tácito de impunidad: si perteneces al círculo correcto, el cuerpo de otros —especialmente si son jóvenes, pobres o vulnerables— puede ser negociado, explotado o destruido sin consecuencias. Como los señores feudales que tomaban lo que deseaban sin rendir cuentas. Epstein y su red operaban con la certeza de que nunca serían alcanzados por la justicia común.
Su isla, llamada Little Saint James, no fue un refugio paradisiaco, sino un castillo moderno donde se repetían los festines oscuros de la nobleza medieval. Testimonios de víctimas hablan de coerción, manipulación, tráfico y abuso sistemático. Pero lo más perturbador no es lo que ocurrió allí, sino lo que no ocurrió afuera. Durante años, agencias, jueces, fiscales y medios miraron hacia otro lado. Fue necesaria una presión pública inmensa para que se abriera una investigación real. Y aún así, su muerte en una celda —oficialmente un suicidio, pero rodeada de irregularidades— cerró muchas bocas y selló secretos que tal vez nunca serán revelados.
Epstein no cayó porque el sistema funcionó, cayó porque se convirtió en un riesgo para ese mismo sistema. No fue un castigo moral: fue una corrección estratégica. Como ocurrió con Gilles de Rais en el siglo XV, cuya brutalidad fue tolerada hasta que se volvió políticamente incómoda. Epstein fue eliminado cuando su existencia ya no resultaba útil, sino peligrosa.
Así, el poder sigue operando: no persiguiendo la justicia, sino administrando el escándalo. No combatiendo el crimen, sino decidiendo cuándo, cómo y a quién señalar como culpable. La historia de Epstein es, en realidad, la historia de cómo las élites protegen a sus monstruos mientras estos sirvan a sus intereses. Y cuando dejan de servir, los sacrifican, no para hacer justicia, sino para proteger el “castillo”.

