El Muchacho del Rancho

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El cantar del gallo me despertó abruptamente. Al abrir los ojos me encontré con un bello espectáculo. Las ventanas de madera vieja empotradas entre paredes de adobe, enmarcaban la preciosa vista del rancho. Allí, en medio de la espesa vegetación, el tío de uno de mis amigos había construido su granja. La propiedad poseía un ambiente tranquilo, producto de la combinación de los animales con la naturaleza. Enseguida me levanté y fui hacia la ventana para disfrutar el bello paisaje.

No era esta la típica ranchería a la que estaba acostumbrado; era más bien un paraíso terrenal, y eso estaba a punto de comprobarlo. Los caballos corrían libremente por la ladera de la montaña, mientras las gallinas se acercaban rápidamente respondiendo al llamado del granjero que se aprestaba a alimentarlas. Al otro lado los perros ladraban tratando de contener al alborotado rebaño de ovejas que se aprestaba a hacer su recorrido por las laderas. De pronto mis ojos se posaron en la viril figura de un muchacho montado a caballo.

Formaban el par perfecto; jinete y caballo eran dignos ejemplares. En realidad poco sabía de caballos, pero la fina estampa del animal resaltaba por entre todas la cosas. Por lo que me enteré después era un finísimo caballo árabe de piel tan negra que brillaba bajo los primeros rayos del sol, mientras su jinete lo montaba con altivez. Los dos poseían un atractivo salvaje merecedor de admirarse. Bajo las ropas holgadas de la camisa pude notar sus brazos fuertes y gruesos. Los músculos de la amplia espalda del jinete se contraían a cada paso que el caballo daba, pero más me llamó la atención la cintura esbelta que se perdía por entre un trasero bien definido y desarrollado, que enmarcaba un par de piernas con trabajo contenidas por la gruesa tela de su pantalón.

Me quedé allí frente a la ventana hasta que jinete y caballo desaparecieron por entre los árboles hacia el final de la ladera. Enseguida escuché el llamado de mis amigos para bajar a desayunar; y después nos fuimos al río a pasar la mayor parte de la mañana.

Ya por la tarde, escalamos la montaña visitando los rincones más profundos y bellos del lugar. Cuando alcanzamos la cima, el espectáculo me dejó perplejo. Desde ese punto se podía apreciar la naturaleza al máximo. Por allá a lo lejos las montañas se notaban de diferentes tonalidades debido a la distancia de cada una, mientras que por otro lado hasta se veían nubes que estaban más abajo de nuestra posición. Y entre dos montañas se abría paso un acaudalado río que abastecía a todo el pueblo. Si hasta ese momento creí haber visto todo, quedé maravillado con el espectáculo de la puesta de sol cuando éste se fue metiendo por detrás de las montañas. De pronto el cielo cambió su color a diferentes tonos de anaranjado y rojos encendidos que hicieron mi experiencia inolvidable.
Regresamos al rancho ya tarde y por lo agitado del día, nos fuimos todos a descansar; nos esperaban jornadas de emoción y entretenimiento.

Al otro día desperté muy temprano y se me antojó darme una vuelta por el rancho. Me inquietó la arquitectura del lugar y me aventuré a explorar. Sin embargo mi curiosidad casi me mete en problemas; en mi recorrido no noté que había llegado a la parte trasera de la casa, y allí se encontraba una regadera al aire libre. Supuse que era para que los trabajadores se limpiaran antes de entrar. Lo que nunca imaginé es que de pronto me topé con un espectáculo digno de admirarse. El muchacho que había visto a caballo la mañana anterior estaba allí, bajo la ducha, completamente desnudo.

Los primeros rayos de sol se posaban sobre su piel mientras el agua acariciaba su cuerpo. Me sentí tan mal por mi intrusión, pero no había forma de esconderme, pues había quedado completamente frente a él justo cuando abrió sus ojos, mientras sus manos recorrían su cuerpo.
No me había equivocado, las formas de su cuerpo eran perfectas. Sus brazos fuertes pasaban una y otra vez por sus pectorales, descendiendo poco a poco por su abdomen y para mi sorpresa sus manos fueron a parar hasta su área genital, en la que comenzaba a crecer su miembro.

Permanecí boquiabierto, sólo pude balbucear un “lo siento”, pero él pareció no escuchar. Sus manos seguían ocupadas acariciando su miembro, y yo no podía creer su forma tan abierta de expresarse. El gesto en su rostro era clara señal de su disponibilidad, y decidí quedarme a disfrutar el espectáculo. Recorrí con la mirada todo su cuerpo y me fascinó la perfección de sus piernas. A pesar de lo grande de sus manos, su miembro sobresalía por entre los dedos. Era una pieza magnífica, cubierto de piel oscura y adornada con una vena que recorría su extensión. Excepto por sus genitales, el resto del cuerpo carecía de vello, dando una apariencia sedosa a su bronceada piel. Lo estrecho de su cintura contrastaba con su amplia espalda y sus musculosos brazos.

Finalmente pude escuchar su voz; tan varonil y profunda:
-¿Por qué no te quitas la ropa y me acompañas? El agua está rica.
En segundos me despojé de las pocas prendas que traía y me coloqué bajo la refrescante ducha, al tiempo que sentí su cuerpo pegarse al mío. La excitación que sentí era evidente, pero no había motivo para esconderla. Su cuerpo me envolvió por detrás y noté cómo su miembro se colocó enseguida entre mis piernas. Sus fuertes brazos me atraparon y sus manos comenzaron a acariciar mi cuerpo, poniendo especial interés en mi miembro erecto. Comenzó a besar con pasión mi cuello mientras mi cuerpo se iba amoldando al suyo. Enseguida nos envolvió una pasión avasalladora que despertó su sangre de dominio.

La fuerza que debió haber usado muchas veces en dominar a sus bestias se apoderaba una vez más de él y con la maestría de un conocedor me fue tomando con fuerza pero con cuidado sabiendo hasta cuándo atacar de lleno para no encontrar resistencia de mi parte.
Era increíble la habilidad que él mostraba, era todo un conocedor del dominio. Con movimientos cautelosos pero tenaces se fue introduciendo hasta invadir lo más recóndito de mi ser.

Mi cuerpo recibió al suyo sin reserva y permití que ese caudal de emociones que por tanto tiempo había guardado se desbordara respondiendo a su invasión, produciendo la más fogosa entrega de la que tenga memoria. Parecíamos no tener la fuerza suficiente para soportar toda esa pasión que nos envolvió. Nuestras piernas temblaban, nuestros corazones latían apresuradamente y de nuestras bocas surgían sólo sonidos de placer. Nuestros cuerpos mojados se movían frenéticamente con un ritmo acompasado simultáneo que parecía que hubiésemos estado juntos anteriormente.

De pronto nuestros cuerpos se tensaron y un calor intenso nos envolvió, como preámbulo a la lluvia de néctar corporal que surgió con fuerza de nuestro interior abriendo paso a la llegada de una serie de espasmos y estremecimientos que nos dejaron completamente exhaustos.

El agua que bañaba nuestros cuerpos alivió en parte esa tortura de pasión que nos atacó, y procedimos a continuar nuestro baño erótico, descubriendo con más calma cada parte de nuestros cuerpos.

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